“Hemos venido para compartir”

En este lugar , según consta en la placa conmemorativa, el cardenal Landázuri y el P. José Walijeuski celebraron la primera misa, en 1971, en Villa El Salvador con la asistencia de 9 niños, 5 mujeres, 2 hombres y 15 perros. Así, el 26 de diciembre de 2009, cientos de agentes pastorales –sacerdotes, religiosas y laicos- rodeaban al pastor de la diócesis de Lurín –Lima Sur, monseñor Carlos E. García Camader y al emérito de Tacna, monseñor Hugo Garaycoa, para celebrar juntos la Navidad. Justo un día después de haberlo hecho en las respectivas comunidades cristianas del Valle, los Balnearios, el Arenal y los Cerros…

Ya es tradición en nuestra iglesia de Lima Sur este encuentro navideño. Monseñor Carlos lo resumió perfectamente en una palabra: “Hemos venido para compartir”. Y así se percibía desde los abrazos, efusivos saludos y animada charla según iban llegando. Nadie tenía prisa, ese era el punto importante: alegrarse juntos, comentar las vivencias de la reciente Navidad, desearse lo mejor…

La parroquia Cristo El Salvador tuvo el honor de acogernos y ahí andaba el padre Cristóbal de acá para allá, pendiente de todo, pero casi sin hacerse notar. Por supuesto, junto con él, todo su equipo de laicos aportando en todo: en el orden, en la ambientación y amenización, en la liturgia, en la cocina… Hormigas trabajadoras para lograr un solo fin: una grata jornada para proclamar que Cristo volvió a nacer y que nosotros, testigos de ello, estamos en camino para seguir anunciándolo: “somos una iglesia que trata de vivir en comunión para salir a la misión”, volvió a recordarnos monseñor Carlos.

La eucaristía, bien participada y sentida, nos unió aún más y nos recordó la necesidad de ir una y mil veces al pesebre para aprender bien la lección: la encarnación, esa asignatura que nunca acabaremos de aprobar suficientemente.

Y de ahí a la mesa-mesa: una frugal comida pero que a todos nos hermanaba. Antes, en medio y después, algo que llena de orgullo a nuestra iglesia de Lima Sur: el ser una iglesia acogedora de personas y carismas de todos los lugares. Todos los colores y rostros, todas las lenguas, todos los temperamentos se mezclaban y se completaban.

Hermosos los saludos en los distintos idiomas maternos; hermosos los gestos de comunión, hermoso el número cómico “internacional”… Los magos de oriente se habían multiplicado y competían en ponerle calor y cariño a la celebración.
Algo para recordar, pero mucho más importante: algo para compartir.

 

José Mª Rojo

 

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