Aún no nos habíamos recuperado de la tragedia de Haití cuando nos llegan las aterradoras noticias del tremendo sacudón en Chile. Llegan las primeras imágenes y a medida que siguen, la magnitud del acontecimiento se agiganta. Agradecemos sí, el acuerdo que han tenido de evitar el morbo, de regodearse en los cadáveres, de “vender” a costa del dolor y el sufrimiento de un pueblo. Agradecemos y felicitamos por hacerlo, por dar el número de muertos sin mostrarnos los cadáveres (¿para qué?). No es necesario ver tanta sangre… Ni siquiera estando próxima la Semana Santa, aunque muchos buscan siempre ese tipo de escenas en la Pasión (confieso que me costó horrores terminar de ver la película de Mel Gibson, “La Pasión”, y me levanté varias veces para salirme… No se la he recomendado a nadie)
Vaya con los hermanos de Chile toda nuestra solidaridad y todo nuestro cariño. Con ellos sufrimos y por ellos oramos. Y no consideramos soberbia o pedantería el que rehusaran ayuda masiva exterior en los primeros momentos. Debemos considerarlo un signo de madurez y un querer hacer las cosas bien y ordenadamente. Y nadie ahora ya duda que Chile estaba cien veces mejor preparado que Haití y bastante mejor que nosotros en el 2007. A leguas se nota que ha habido mucha más conciencia y organización preventiva que ha disminuido daños y está posibilitando respuestas más ordenadas en la emergencia. Lo alabamos y debemos tomar nota. Ciudadanos y autoridades…
Como no podía ser de otra manera –y aunque afortunadamente no muchos- se escuchan comentarios duros dirigidos contra Dios (en la calle, en los medios de comunicación audio-visual y escrita, en internet…) y uno baja la cabeza: “¿dónde estaba Dios? ¿para qué rezarle? ¿acaso no es dueño de la naturaleza? ¿no dicen que fue el creador? ¿también es el destructor?” Y un largo etcétera…
Uno vuelve a releer los profetas que pasaron por experiencias similares, el libro de Job y su aleccionadora narración… Y tiene que reafirmar una vez más su fe en el Dios de la Vida a pesar de la destrucción y la muerte. El Dios que nos ama gratuitamente y no por nuestros méritos, el Dios que sufre en silencio con el que sufre… Difícil pero no imposible. Mirando a la cruz tal vez sea la mejor forma de comprender lo sucedido. Aquel desgarrador “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Y sin respuesta explícita…
Tendremos que decir una vez más, en silencio: “hágase tu voluntad”. Basta asumir con fe la situación sin tratar de explicarlo como castigo de Dios, como prueba para que creamos o como impotencia de quien creemos es todo poderoso… No decimos que es fácil creer, no. La fe siempre exige un salto en el vacío, un confiar por encima de las pruebas, una mirada de mediano y largo plazo…
Estamos seguros que muchos hermanos chilenos lo han hecho y lo están haciendo. Acompañamos, tal vez en silencio mejor, a quienes aún no puedan hacerlo, pues es un proceso personal y a veces cuesta sudor y sangre el descubrir el amor de Dios en situaciones límite. Y Dios espera… No rechazó a Jeremías cuando se enfrentó rebeldemente a él y le dio a Job todo el tiempo necesario para asimilar la situación y descubrir que, efectivamente, Dios nos ama gratuitamente, sin que lo merezcamos… y que hace salir el sol para buenos y malos.
Vaya nuestra oración por los hermanos de Chile, por los hermanos de Haití y que nuestra solidaridad no esté manchada por heridas históricas de ningún tipo.
José M. Rojo G. |