JOSÉ DAMMERT BELLIDO, GRAN PASTOR DE CAJAMARCA

A tres semanas de haber cumplido 91 años y a 3 meses de sus 50 años de obispo partió a la casa del Padre, el 10 de septiembre. Fue sencillo y profundo, vicerrector de la Pontificia Universidad Católica del Perú y empeñoso caminante entre su grey cajamarquina, mayoritariamente campesina, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y participante del Concilio Vaticano II, de Medellín y de varios Sínodos Romanos, y forjador de sacerdotes y agentes pastorales. Fiel amigo aún desde su silla de ruedas y gran escritor de libros e innumerables artículos. “Escriban, para que quede y no se pierda su experiencia”, decía.

Ya de joven compartió en su casa con lo mejor de la intelectualidad y diplomacia, llegando a doctorarse en Derecho Romano en Italia a los 20 años y profesor del mismo a los 20 años, todavía laico. Cuando le dijo a su madre que quería ser sacerdote, “Ya lo sabía”, le dijo ésta; e ingresó al Seminario Santo Toribio de Mogrovejo; pero pronto sus alumnos lo reclamaron y el Arzobispo Farfán le permitió seguir enseñando como seminarista.

Ordenado sacerdote en 1946 fue Asesor de la Acción Católica Peruana, convencido del papel y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Cada semana visitaba el Seminario y saludaba mesa por mesa a todos los seminaristas, les daba charlas e invitaba a leer todo lo que pudieran: “Uno que lee un libro sabe más que el que no lo ha leído”. Ordenado Obispo Auxiliar de Lima en 1958, fue responsable de la Primera Semana Social de la Iglesia en el Perú. Como iba a pie, en ómnibus o colectivo los amigos lo llevaban en su auto y fueron lo únicos años que consiguió uno para no molestarlos, pues en 1962 el día de san José Juan XXIII lo nombró Obispo de Cajamarca:
“Quise leer la historia de Cajamarca; pero no la encontré, y entonces me puse a escribirla”. Y todo un intelectual, como lo creían, supo iniciar una gran pastoral campesina, al recorrer los últimos rincones de su variada diócesis: “Obispo de las alturas y de los caminos difíciles”, le dijo Juan Pablo II, que en un Sínodo al pasar por el corredor y verlo le jaló la sotana para saludarlo.

“¿Qué regalo desea?”, le preguntó Pablo VI: “Que mis catequistas bauticen”, le respondió; “pero con la debida capacitación”. Y le explicó la dificultad de la gente de su diócesis. Y el Papa le dio el permiso, norma que ahora está en el Derecho Canónico, añadiendo luego que pudieran celebrar matrimonios en ausencia del sacerdote. De 120 catequistas de Bambamarca, 20 eran bautizadores y 3 asistían a los matrimonios.

Ante la masacre de campesinos en Cospán invitó a especialistas de Lima para que estudiaran lo sucedido. A muchos no les gustaba que dejara la “Sede”: “¿Qué les dirá a los campesinos?”. A éstos les daba posada en un salón del Obispado y luego les adquirió una casa para cuando fueran a Cajamarca.
No sólo formó un Departamento de Asistencia Social para ayudarlos a mejorar sus condiciones de vida; sino que varias veces al año había semanas de formación cristiana y pastoral, para lo cual hizo publicar libros, catecismos y cancioneros. El de “Celebraciones para la vida cristiana” fue adoptado por otras diócesis, pues si un sacerdote celebraba dos o tres misas los domingos, sus catequistas tenían más de 50 celebraciones en sus caseríos. El Catecismo se hizo en verso, por la costumbre campesina de cantarlo; por lo que recuperó los cantos de los Rosarieros, muchos escritos a mano, copiados de ediciones antiguas, con curiosos errores secundarios, como “Gloria al Dios treinta y uno” (Trino y Uno), o “Ruega por nosotros Con licencia eclesiástica”.

Reabrió el Seminario San José y logró formadores y profesores con títulos universitarios, algunos de la Normal y de la Universidad, otros venidos de Europa, y siempre comía con los seminaristas en cualquier mesa y él mismo ejercía de Rector: “Así debería ser”, le dijeron en la Congregación de Seminarios en Roma.

Se quebró una pierna y quiso que lo trataran como a todos los peruanos; por lo que ésta no logró soldar y a los dos años tuvieron que acortársela en Alemania y quedó cojo, con zapatos ortopédicos.

En una foto aparecen sentados varios en una de las aceras de la Asistencia parroquial, con poncho y sombrero y comiendo en platos enlozados: “El segundo de ellos es el obispo”. Y cuando metieron preso a monseñor Bambarén por la invasión de Pamplona, que dio origen a Villa El Salvador y lo ficharon como delincuente,  escribió un artículo donde decía: “Me alegro que le hayan hecho eso para que sufra lo que le hacen al pueblo siempre”. Su lenguaje era franco y claro; si tenía que tomar una decisión y despedir o corregir a alguien decía: “Prefiero ponerme rojo una vez y no amarillo cien veces”, al tener que soportarlo si no lo hacía.
Durante el Concilio los obispos tenían dos bares gratis para su “cafecito” -o breack como le dicen ahora- y hacia las 11 a.m. empezaban a utilizarlos. Él nunca lo hizo durante las cuatro sesiones de los cuatro años del Concilio: “Yo quiero oírlo todo yo mismo, y no que me lo cuenten después cambiado”. Por supuesto que fue de los primeros en aplicarlo en esa gran primavera que fue de la Iglesia. Ahí hizo grupo con obispos de varias partes del mundo, motivados por la espiritualidad de Charles de Foucault, y cada cierto tiempo siguieron reuniéndose, y seguro ahora se habrá encontrado con ellos en el cielo,  Ahí ya habrá visto a la Virgen, a quien le gustaba rezar la oración de San Bernardo, que le enseñó su Madre:

ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén.

 

Jorge López Vignand

 

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