Reflexiones Semana Santa 2010. |
Tiempo de gracia, tiempo de presencia del Señor que se palpa y se siente –afortunadamente- en el ambiente de nuestros sectores populares. Un clima especial que llama a mirar hacia dentro, a profundizar las razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. Este año quiero situarme desde otro ángulo, viendo otro prisma de esa realidad de muerte-vida. Me refiero a la muerte y la vida reflejadas en la naturaleza, en el planeta en que habitamos, en “la casa común” que compartimos con todos los seres vivos. S. Pablo ya nos decía que “la creación gime y sufre como dolores de parto” (Rom 8,22), dolores que preceden a la vida. Hoy sentimos que el planeta tierra también está sufriendo más de la cuenta; más aún, se habla hasta de que lo podemos condenar a morir antes de tiempo… Jesús sufre entonces hoy una pasión y muerte lentas pero inexorables en la naturaleza. La Cumbre de Copenhague hizo oídos sordos al llamado de Benedicto XVI: “Si quieres promover la paz, protege la creación” (Mensaje para el 1º de Enero 2010). Nos queda revertir la situación sin esperar demasiado de los poderosos de este mundo: hoy como ayer, se mueven por otros intereses. |
DOMINGO DE RAMOS
El evangelista Lucas nos ha llevado de la mano en su evangelio haciendo ese largo camino hacia Jerusalén, subiendo detrás de Jesús con la cruz, aprendiendo e imitándolo. Esas ramas que no son símbolo de muerte, sino de vida. No son los despojos de la deforestación brutal, los atropellos para explotar la tierra para lo que sea: para arrancarle los minerales, el petróleo, la madera valiosa, los productos que más ganancia dan en el momento… Son ramas de vida, ramas podadas para que las plantas se renueven y den mejores frutos. También El lo había dicho: es tarea del Padre podar y limpiar las ramas para que den más fruto (Jn 15,2). Los sucesos de Bagua del año pasado nos hicieron caer en la cuenta, en nuestro Perú, de que había una herida permanente y sangrante en nuestro país así como en los vecinos. Mucho tiempo antes el mismo hacha criminal dejó sin vida los bosques de Centroamérica y el Caribe; también en Africa y en Asia… La pasión y muerte de Jesús en la naturaleza tiene larga y triste historia. Hoy la vivimos mucho más cercana y nuestros hermanos de Bagua y el resto de la selva nos lo han hecho sentir. En las ramas de esos niños de Jerusalén, por el contrario, podemos encontrar el símbolo de vida que contrarresta con aquel voraz atropello. Nadie mejor que unos niños alegres y juguetones para hacernos entender el brutal crimen que está llevando al calentamiento global, al deshielo de los glaciares, al avance de la desertificación, a la contaminación del suelo, el agua y el aire. Ellos y las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar de una vida sana y saludable y nosotros el deber de garantizarla. Que esta Semana Santa, contemplando a Jesús sufriendo en la naturaleza herida de muerte, nos ayude a asumir compromisos serios, a nivel individual, comunitario y de instituciones públicas. Domingo de Ramos, realidad de muerte y vida. LUNES SANTO
Jesús va a Betania a casa de sus amigos Lázaro, Marta y María. Se aleja del “centro”, de Jerusalén, donde se maquina su muerte porque molesta su prédica y su actuar a favor de los pobres. Allí permite que María derrame un caro perfume sobre sus pies y desoye las hipócritas palabras de Judas. Destaca Jesús, por el contrario, el valor de la acogida y del servicio. MARTES SANTO
El evangelio de hoy nos presenta a Judas maquinando contra Jesús, no importa si por egoísmo, avaricia y mezquindad o si por errados cálculos políticos pensando que el pueblo se iba a sublevar si apresaban a Jesús…
El Señor DIOS me ha dado lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos… (Is 50,4-5)
Con esas palabras el profeta nos introduce a la liturgia del Miércoles Santo. Interesante que nos hable del discipulado que es nuestra razón de ser y de vivir el gran misterio que se avecina. Caminamos tras el Señor para ser discípulos suyos, seguidores e imitadores de Él. Uno de los signos de los tiempos hoy -¡no cabe duda!- es ese grito cada día más fuerte a favor de la naturaleza, del medio ambiente, en defensa de la casa común de la humanidad. Grito que viene desde antiguo (en nuestro caso ligado al Dios Creador del Génesis) y que hoy brota de las gargantas de creyentes y no creyentes. Y es que, en cualquier caso, todos asumimos que es una preocupación que desborda todo interés personal, tribal o estatal. En Jerusalén hoy miércoles la suerte estaba echada sobre Jesús, el hijo del carpintero e Hijo de Dios; sobre nuestro planeta también está echada aunque a todos avergüenza reconocerlo. Entonces nadie pudo impedir que se cumpliera la sentencia. Hoy aún estamos a tiempo de impedir que los nuevos Pilatos, Anás, Caifás, Herodes, Judas… la ejecuten. Ellos quieren hacer cargar a Jesús con un árbol talado, seco, quemado…, símbolo de ese desprecio a la naturaleza. También lo hacen entre gallos y media noche, burlando las leyes o acomodándoselas. Que, al menos, encuentren nuestro grito de protesta, nunca nuestro silencio cómplice. Que Jesús colgado en el madero de la cruz nos lleve a los cristianos a colocarnos, hombro con hombro, al lado de todos los que hoy defienden el sueño de Dios Creador (aún sin saberlo): un mundo bello y sano donde la vida venza a toda muerte.JUEVES SANTO
El misterio se agiganta en un día en que se celebran muchas cosas a la vez: la eucaristía y el sacerdocio; la nueva alianza, el servicio y el mandamiento del amor… Faltan pocas horas (Juan dirá “ha llegado la hora”) para que se consuma el crimen de la humanidad por excelencia: para nosotros los cristianos el deicidio, el asesinato del Hijo de Dios. Y en esas horas que le quedan Jesús trata de dejar bien sentado lo esencial. No queda la menor duda: no hay verdadera eucaristía sin lavatorio de los pies, sin mandamiento del amor, sin servicio. El, el Señor y Maestro, así ha querido darles una última lección a sus discípulos. Será el amor el criterio para reconocer a los que son de Él, será el servicio la característica esencial de los creyentes en el Dios de Jesús, serán la humildad y la preocupación por los otros los pilares del nuevo Israel, el pueblo de la Nueva Alianza. Ello tiene unas exigencias muy fuertes para los cristianos de hoy, los que vivimos en una sociedad tan plural. No se nos reconocerá por lo que hagamos al interior de nuestros templos y capillas, no se medirá nuestra fe por lo que hagamos a favor de nuestros grupos o movimientos. La calidad de nuestro ser cristiano la dará la actitud frente a “los otros”. No es novedad en Jesús, ya lo había dejado bien claro en Mt. 25,31 ss, al fijar el criterio de salvación: “tuve hambre, tuve sed…lo que hicieron a uno de mis hermanos a mi me lo hicieron”. Pero ahora, a punto de dar El la prueba suprema de amor (dar la vida por aquellos a los que se ama) el gesto del lavatorio y las palabras de Jesús adquieren un valor muy especial: es su testamento, su última voluntad
Hoy el amor a los hermanos pasa por proteger el medio ambiente. Comulgar con Cristo es hacerlo con el Cristo total y Él es alfa y omega, principio ypunto final al que apunta la creación entera. VIERNES SANTO ¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Poéticas y preciosas palabras de un himno litúrgico del Viernes Santo. El valor de la madera, en este caso, no lo da la especie del árbol sino el peso colgado en su corteza: el Salvador de la humanidad levantado en él. Árbol seco pero del que brota la nueva Vida para los creyentes. Definitivo cambio de significado: el símbolo de maldición, de ignominia, de muerte, transformado en signo de bendición, de nobleza, de Vida. La cruz pasará a ser, desde aquel Viernes Santo, el principal signo visible del amor de un Dios que nos amó tanto que ni siquiera a su Hijo le ahorró la muerte más vergonzosa de la época. Ello no fue posible sin recorrer el largo camino hacia Jerusalén y luego el suplicio de la subida al Calvario. Fue necesario abrazar la cruz, palos de árbol muerto, para generar nueva Vida. Lo hizo Él y nos lo anunció para todos sus seguidores: “porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?” (Lc 23,31). Sabemos bien que el bosque necesita renovarse, que los árboles frutales necesitan ser podados... Los humanos han acompañado ese proceso evolutivo en las especies vegetales durante millones de años con bastante racionalidad. Incluso sin grandes conocimientos científicos, el sentido común les decía que había que cambiar los lugares de cultivo, dejar descansar la tierra, cambiar las semillas, injertar… Multitud de procedimientos, muchas veces elementales, pero que lograban el equilibrio natural necesario para que la flora del planeta evolucionara convenientemente. Pero sabemos también que la avaricia ha llevado a la explotación irracional de los recursos madereros y otros y hoy peligra la vida del planeta, justo por el desequilibrio brutal generado. El calentamiento global, los cambios inesperados de clima, lluvias a destiempo y en lugares inapropiados, sequías prolongadas… todo producto de esa condena a la que se ha sometido al planeta en un juicio ilegal y subterráneo. Una vez más, los poderosos han condenado al inocente que no puede defenderse: al planeta tierra que les dio generosamente la vida. Y están condenando al Señor de la vida. Cristo, hoy sufre esa condena junto con la madre tierra. Recientemente tuvo que aceptar la sentencia en Copenhague. Las protestas de los suyos (muchos de ellos no creyentes) no lograron frenar la ambición, el egoísmo y el miedo de los poderosos. Y este viernes santo camina hacia el calvario para morir si nadie lo remedia. ¿Seremos capaces de frenar esa sentencia contra nuestro planeta y contra el autor de la Vida? No bastan lloros y lamentos, se necesitan acciones eficaces: “No lloren por mi, lloren por ustedes y por sus hijos” (Lc 23,28), dijo el Señor Jesús. SÁBADO SANTO
Cuando Jesús da el último grito en la cruz, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, los evangelios sinópticos recogen no solo el signo “religioso” de que el velo del templo se rasgó en dos, sino la protesta de la naturaleza entera: el sol se oscureció y las tinieblas cubrieron todo, la tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y salieron algunos muertos… La naturaleza entera sintió el golpe de muerte por la muerte de su hacedor. El será colocado en un sepulcro cerrado y bien cerrado para que todo quede así, según la decisión de quienes detentaban el poder. Y sigue un largo silencio de muerte. ¿De muerte? Los que hemos vivido en lugares donde las cuatro estaciones están bien marcadas y con la mayoría de los árboles de hoja perecedera podemos entender que es un silencio de letargo, un pesado sueño. Es el frío invierno que pareciera acabó con toda la vida… Pero llegará la primavera, las yemas de las ramas abultarán y reventarán, saldrán las hojas flores y frutos, los pájaros comenzarán a cantar y a enamorarse, construir sus nidos y la vida bullirá a borbotones de nuevo. Pero tiene que pasar ese silencio purificador. “Al tercer día resucitará”, se pone a prueba nuestra esperanza. El sábado 27 acabamos de apagar todos los aparatos eléctricos y electrónicos celebrando “La hora del planeta”, a oscuras permitiendo que la tierra respire. Un derecho de ella y un deber nuestro. Y no hace falta ser catastrofistas ni milenaristas para considerar “señales de los tiempos” los terremotos de Haití, de Chile… La tierra se retuerce de dolor; en algo podemos mitigarlo y en mucho mitigar el dolor de sus hijos más desprotegidos.
Creemos, por tanto, que, tras los gritos de protesta por el maltrato al planeta que habitamos, el trabajo silencioso y callado de millones de seres cada vez más conscientes, logrará frenar la marcha destructiva de la creación y alumbrar un futuro venturoso para bien de las futuras generaciones. El silencio del sepulcro debe ser silencio de vida que se gesta. DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Los horarios de celebración de “la madre de todas las vigilias”, la Vigilia Pascual, han variado en épocas y en lugares. En mi actual parroquia y en muchas de la diócesis de Lurín-Lima Sur lo celebramos al amanecer: empezamos de noche y avanzamos con los primeros rayos del día. El símbolo tiene su importancia: diríamos que es una resurrección lenta y progresiva, con el despertar de la naturaleza. El silencio del sábado es roto con los aleluyas del domingo y la alegría desbordante y contagiosa refleja la nueva vida que para los cristianos nos consiguió el Crucificado que ahora es el Resucitado. Y si la encarnación no fue un juego ni un teatro sino algo profundamente serio y real como nos dicen las escrituras, tenemos derecho a creer y vivir que Cristo muere y resucita hoy como hace 2,000 años. Resucita, por tanto en todo aquello que es signo de vida. En las personas y en la creación entera. Desde el Vaticano II para acá en nuestro continente se ha acentuado esta fe en la Resurrección concretada en todo lo que signifique liberación de las ataduras de la opresión, la esclavitud y la muerte y en todo lo que sean signos de vida, personal y comunitaria. En el “credo de la misa nicaragüense” (canto de expresión cultural-religiosa de un pueblo creyente) se expresa bien esta concreción de la resurrección en la historia actual: La primera lectura de la Vigilia Pascual es el bello relato sacerdotal de la creación, donde Dios se goza creando despacio, día por día, toda la creación. Y en el pregón pascual se hace referencia al cirio pascual (símbolo de Cristo) hecho con la cera de las abejas, cirio que dará su luz hasta que llegue el lucero de la mañana (símbolo de Cristo Resucitado igualmente). Es la creación entera la que se regocija con la resurrección y los humanos nos sumamos a ese canto y ese perfume. Por algo en la tradición cristiana a esta pascua se la denomina pascua florida y se celebra siempre el domingo siguiente a la primera luna llena de la primavera boreal (del hemisferio norte). Queremos, pues, que la Resurrección nos transforme a todos los creyentes pero llegue regalando vida a toda la creación. Los que creemos en el Resucitado nos sumamos, codo con codo, a todos los hombres y mujeres que luchan por devolver a la naturaleza ese ritmo vital que el Creador puso en ella, a luchar contra todos los virus de muerte que los humanos hemos colocado en ella, a devolver a los niños de hoy y de mañana el derecho a disfrutar de una vida sana y saludable en una naturaleza limpia de contaminación. Que la tierra pueda vivir una permanente pascua florida. José Mª Rojo G. |
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