Reflexiones Semana Santa 2010.
Mirada ecologista

Tiempo de gracia, tiempo de presencia del Señor que se palpa y se siente –afortunadamente- en el ambiente de nuestros sectores populares. Un clima especial que llama a mirar hacia dentro, a profundizar las razones de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Tiempo también propicio para echar una mirada a nuestro alrededor y descubrir dónde sufre y muere Jesús hoy y donde surgen señales de su resurrección. Se trata de actualizar el misterio pascual, de revivir aquellos acontecimientos que cambiaron el rumbo de la humanidad. No por casualidad El nos dijo: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
Lo sabemos bien: sufre y muere en todos/as aquellos/as que de una u otra forma la vida –la historia y la sociedad actual- les deja en esa situación de dolor, sufrimiento y muerte… De manera especial aquellos/as que son condenados/as a “morir antes de tiempo” (los indios en tiempo de Bartolomé de las Casas, los pobres hoy), muertes adelantadas injustamente.
Y, también lo sabemos, hay señales de resurrección, de vida: acontecimientos que significan “buena noticia”, personas que nos animan y alientan con su compromiso de vida, con su entrega desinteresada… personas que mueren para dar vida, como el grano de trigo en el surco.

Este año quiero situarme desde otro ángulo, viendo otro prisma de esa realidad de muerte-vida. Me refiero a la muerte y la vida reflejadas en la naturaleza, en el planeta en que habitamos, en “la casa común” que compartimos con todos los seres vivos. S. Pablo ya nos decía que “la creación gime y sufre como dolores de parto” (Rom 8,22), dolores que preceden a la vida. Hoy sentimos que el planeta tierra también está sufriendo más de la cuenta; más aún, se habla hasta de que lo podemos condenar a morir antes de tiempo…

Jesús sufre entonces hoy una pasión y muerte lentas pero inexorables en la naturaleza. La Cumbre de Copenhague hizo oídos sordos al llamado de Benedicto XVI: “Si quieres promover la paz, protege la creación” (Mensaje para el 1º de Enero 2010). Nos queda revertir la situación sin esperar demasiado de los poderosos de este mundo: hoy como ayer, se mueven por otros intereses.

DOMINGO DE RAMOS

El evangelista Lucas nos ha llevado de la mano en su evangelio haciendo ese largo camino hacia Jerusalén, subiendo detrás de Jesús con la cruz, aprendiendo e imitándolo.
Hemos hecho un acelerado curso de “discipulado” en el que había siempre un transfondo: no hay resurrección sin cruz, sin renuncia, sin entrega.
Repetidas veces los discípulos quieren o pararlo o desviar el camino. Y él sigue. A veces pareciera que hasta “provoca” a los que lo quieren condenar y matar… Son nuestros “cálculos y precauciones realistas” que Él no tiene; por eso armó el escándalo expulsando a los vendedores y cambistas del templo, a los que habían convertido la religión en un negocio.
Hoy, domingo de Ramos, se deja aplaudir y vitorear por los niños, los humildes, los sencillos, los sin malicia… Sabe que ellos no lo van a librar de la condena, pero no les quita el gozo de aclamarlo, vitorearlo, bendecir a Dios Padre en las obras que hace a través de Él…Y goza viéndoles levantar en alto sus ramas de olivo y de palmera…

Esas ramas que no son símbolo de muerte, sino de vida. No son los despojos de la deforestación brutal, los atropellos para explotar la tierra para lo que sea: para arrancarle los minerales, el petróleo, la madera valiosa, los productos que más ganancia dan en el momento… Son ramas de vida, ramas podadas para que las plantas se renueven y den mejores frutos. También El lo había dicho: es tarea del Padre podar y limpiar las ramas para que den más fruto (Jn 15,2).

Los sucesos de Bagua del año pasado nos hicieron caer en la cuenta, en nuestro Perú, de que había una herida permanente y sangrante en nuestro país así como en los vecinos. Mucho tiempo antes el mismo hacha criminal dejó sin vida los bosques de Centroamérica y el Caribe; también en Africa y en Asia… La pasión y muerte de Jesús en la naturaleza tiene larga y triste historia. Hoy la vivimos mucho más cercana y nuestros hermanos de Bagua y el resto de la selva nos lo han hecho sentir.

En las ramas de esos niños de Jerusalén, por el contrario, podemos encontrar el símbolo de vida que contrarresta con aquel voraz atropello. Nadie mejor que unos niños alegres y juguetones para hacernos entender el brutal crimen que está llevando al calentamiento global, al deshielo de los glaciares, al avance de la desertificación, a la contaminación del suelo, el agua y el aire. Ellos y las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar de una vida sana y saludable y nosotros el deber de garantizarla.

Que esta Semana Santa, contemplando a Jesús sufriendo en la naturaleza herida de muerte, nos ayude a asumir compromisos serios, a nivel individual, comunitario y de instituciones públicas. Domingo de Ramos, realidad de muerte y vida.

LUNES SANTO

Jesús va a Betania a casa de sus amigos Lázaro, Marta y María. Se aleja del “centro”, de Jerusalén, donde se maquina su muerte porque molesta su prédica y su actuar a favor de los pobres. Allí permite que María derrame un caro perfume sobre sus pies y desoye las hipócritas palabras de Judas. Destaca Jesús, por el contrario, el valor de la acogida y del servicio.
Isaías, en el texto correspondiente a hoy, nos deja muy clara la misión del Mesías: “no romperá la caña cascada ni aplastará la mecha aún humeante” (42,3) Cumplirá el proyecto del Dios de la Vida y “hará florecer la justicia en la verdad” (v.3) haciendo referencia explícita a la creación de la tierra, “dando aliento a sus habitantes y espíritu a los que se mueven en ella”(v.5).
Bellos textos para ubicarnos en los inicios de esta gran semana. La comunidad de los creyentes tendrá que ubicarse en la periferia, fuera de los centros del poder político y económico, pues ahí los poderosos se olvidan de la acogida, del servicio, de la solidaridad. Se olvidan, incluso, de que la tierra no les pertenece, se la apropian para explotarla y dejarla más tarde desértica, sin vida…
Qué bella y trágicamente lo expresaba el jefe Seattle en respuesta al presidente de EE. UU cuando ya en 1854 le propuso comprar sus tierras: “Para el hombre blanco una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquiera otra, pues es forastero que llega de noche y extrae de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga y, cuando ya la conquistó, prosigue su camino…Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa. La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano el cielo como cosas que pueden ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto…”
A los poderosos de hace 2,000 años no les importaba la misión del Mesías (Jesús) ni el sueño de Dios Padre: les importaba que la religión favoreciera sus negocios. A los poderosos de hoy (los que siempre están en el “centro”) tampoco les interesa una religión que busque el que “florezca la justicia en la verdad” ni que el sueño de Dios siga adelante. Lo demostraron en Copenhague y harán oídos sordos a lo de “La Hora del Planeta” que protagonizábamos ayer.
A Jesús sí y nos seguirá hablando de “las aves del cielo que ni siembran, ni cosechan, ni almacenan en graneros y el Padre Celestial las alimenta”… y nos hablará de “los lirios del campo que ni tejen ni hilan pero que ni Salomón se vistió como uno de ellos” (Mt 6, 26-29).
Los cristianos, desde la periferia, acompañamos a Jesús en su pasión, sabemos que su palabra no falla y que el amor es más fuerte que el egoísmo, la vida más que la muerte.

MARTES SANTO

El evangelio de hoy nos presenta a Judas maquinando contra Jesús, no importa si por egoísmo, avaricia y mezquindad o si por errados cálculos políticos pensando que el pueblo se iba a sublevar si apresaban a Jesús…
Lo cierto es que Judas se convierte en el instrumento que facilita el que los que desde antes han decidido la suerte de Jesús lleven a cabo sus planes. El sabe donde Jesús va de noche a orar y puede dar la pista concreta para identificar a ese galileo –un cualquiera a quien no son capaces de distinguir y necesitan que Judas lo bese para reconocerlo-. Ese que se ha atrevido a desafiarlos, que les ha desenmascarado delante de todo el pueblo.
Judas se convierte en el símbolo de la mezquindad y convierte un gesto de amistad y cariño en gesto de traición. En adelante se hablará de “el beso de Judas” para todo lo que signifique clavar la espada por la espalda… Mateo nos habla del remordimiento de Judas y su final: el suicidio ahorcado en un árbol. (Esta es la versión que ha perdurado en la tradición olvidándose la versión de Lucas en He 1,18).
Tenemos dos árboles: el árbol de la muerte (curiosamente el que se supone estaba vivo) donde se ahorca Judas y el árbol de la vida, la cruz en la que muere Jesús para regalarnos la nueva y plena vida. Ambos, destinados a la vida ofrecen un fruto distinto.
No hay duda que la voluntad de Dios, expresada en el relato del Génesis, es que los árboles, las plantas sirvan para dar vida y contribuyan a la calidad de vida de los reyes de la creación: la mujer y el varón. Esa es la voluntad de Dios Padre-Madre expresada bellamente en ese sueño de Dios que es “el paraíso terrenal” para felicidad de Adán y Eva (símbolos de la humanidad toda).
Por desgracia, los romanos habían convertido en una maldición esos dos maderos de la cruz en la que tantos hombres dejaron su vida y tuvo que venir Jesús para transformar la cruz en símbolo de bendición y de vida. Será Jesús y seremos sus seguidores los que levantemos la bandera en defensa de nuestros bosques, pulmón de la humanidad, evitando los convierta en símbolo de muerte la avaricia de los poderosos.


MIERCOLES SANTO

El Señor DIOS me ha dado lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos… (Is 50,4-5)

Con esas palabras el profeta nos introduce a la liturgia del Miércoles  Santo. Interesante que nos hable del discipulado que es nuestra razón de ser y de vivir el gran misterio que se avecina. Caminamos tras el Señor para ser discípulos suyos, seguidores e imitadores de Él.
Y para eso el Señor nos ha regalado los sentidos: Cada mañana despierta nuestro oído y nuestra vista para descubrir en los signos de los tiempos su mensaje actualizado, pero su misma voluntad salvadora y liberadora. Cada mañana desata nuestra lengua para alabarlo y para proclamar su decisión de hacer un cielo nuevo y una tierra nueva donde haya alegría y felicidad como fruto de la justicia y superación de toda opresión (Is 65; Ap 21).

Uno de los signos de los tiempos hoy -¡no cabe duda!- es ese grito cada día más fuerte a favor de la naturaleza, del medio ambiente, en defensa de la casa común de la humanidad. Grito que viene desde antiguo (en nuestro caso ligado al Dios Creador del Génesis) y que hoy brota de las gargantas de creyentes y no creyentes. Y es que, en cualquier caso, todos asumimos que es una preocupación que desborda todo interés personal, tribal o estatal.
Remitimos de nuevo al jefe Seatle cuando dice al presidente de EE.UU.: Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo… La tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra…La tierra es preciosa y despreciarla es despreciar a su creador…

En Jerusalén hoy miércoles la suerte estaba echada sobre Jesús, el hijo del carpintero e Hijo de Dios; sobre nuestro planeta también está echada aunque a todos avergüenza reconocerlo. Entonces nadie pudo impedir que se cumpliera la sentencia. Hoy aún estamos a tiempo de impedir que los nuevos Pilatos, Anás, Caifás, Herodes, Judas… la ejecuten.

Ellos quieren hacer cargar a Jesús con un árbol  talado, seco, quemado…, símbolo de ese desprecio a la naturaleza. También lo hacen entre gallos y media noche, burlando las leyes o acomodándoselas.

Que, al menos, encuentren nuestro grito de protesta, nunca nuestro silencio cómplice. Que Jesús colgado en el madero de la cruz nos lleve a los cristianos a colocarnos, hombro con hombro, al lado de todos los que hoy defienden el sueño de Dios Creador (aún sin saberlo): un mundo bello y sano donde la vida venza a toda muerte.

JUEVES SANTO

El misterio se agiganta en un día en que se celebran muchas cosas a la vez: la eucaristía y el sacerdocio; la nueva alianza, el servicio y el mandamiento del amor… Faltan pocas horas (Juan dirá “ha llegado la hora”) para que se consuma el crimen de la humanidad por excelencia: para nosotros los cristianos el deicidio, el asesinato del Hijo de Dios. Y en esas horas que le quedan Jesús trata de dejar bien sentado lo esencial.
En el evangelio de Juan no se nos relata lo referido a la eucaristía en la última cena (ya era conocido). Pero se nos deja una perla preciosa: el relato del lavatorio de los pies y luego un largo discurso de Jesús, tipo testamento.
Justo para que no quede duda Jesús concluye el gesto del lavatorio con estas palabras:
¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (Jn 13,12-15).

No queda la menor duda: no hay verdadera eucaristía sin lavatorio de los pies, sin mandamiento del amor, sin servicio. El, el Señor y Maestro, así ha querido darles una última lección a sus discípulos. Será el amor el criterio para reconocer a los que son de Él, será el servicio la característica esencial de los creyentes en el Dios de Jesús, serán la humildad y la preocupación por los otros los pilares del nuevo Israel, el pueblo de la Nueva Alianza.

Ello tiene unas exigencias muy fuertes para los cristianos de hoy, los que vivimos en una sociedad tan plural. No se nos reconocerá por lo que hagamos al interior de nuestros templos y capillas, no se medirá nuestra fe por lo que hagamos a favor de nuestros grupos o movimientos. La calidad de nuestro ser cristiano la dará la actitud frente a “los otros”. No es novedad en Jesús, ya lo había dejado bien claro en Mt. 25,31 ss, al fijar el criterio de salvación: “tuve hambre, tuve sed…lo que hicieron a uno de mis hermanos a mi me lo hicieron”. Pero ahora, a punto de dar El la prueba suprema de amor (dar la vida por aquellos a los que se ama) el gesto del lavatorio y las palabras de Jesús adquieren un valor muy especial: es su testamento, su última voluntad

Siguiendo con el eje ecológico de nuestra reflexión es obvio que una de las pruebas mayores de amar a los hermanos ha de ser trabajar sin descanso para que puedan tener tod@s mejor calida de vida. Y ello implica necesariamente luchar por hacer de nuestro planeta tierra un lugar verdaderamente habitable. Parafraseando a S. Juan en su primera carta podríamos decir: quien dice que ama a sus herman@s y no lucha con todas sus fuerzas para conservar y cuidar la naturaleza en la que han de vivir, es un mentiroso…
Lavar los pies no es derrochar el agua, no es un alegre juego de carnaval. También es cuidar un bien limitado y perecible. Y nada que ver con el lavado irresponsable y avaro de minerales contaminando toda la vida en derredor.

Hoy el amor a los hermanos pasa por proteger el medio ambiente. Comulgar con Cristo es hacerlo con el Cristo total y Él es alfa y omega, principio ypunto final al que apunta la creación entera.

VIERNES SANTO

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!


Poéticas y preciosas palabras de un himno litúrgico del Viernes Santo. El valor de la madera, en este caso, no lo da la especie del árbol sino el peso colgado en su corteza: el Salvador de la humanidad levantado en él. Árbol seco pero del que brota la nueva  Vida para los creyentes.

Definitivo  cambio de significado: el símbolo de maldición, de ignominia, de muerte, transformado en signo de bendición, de nobleza, de Vida. La cruz pasará a ser, desde aquel Viernes Santo, el principal signo visible del amor de un Dios que nos amó tanto que ni siquiera a su Hijo le ahorró la muerte más vergonzosa de la época.

Ello no fue posible sin recorrer el largo camino hacia Jerusalén y luego el suplicio de la subida al Calvario. Fue necesario abrazar la cruz, palos de árbol muerto, para generar nueva Vida. Lo hizo Él y nos lo anunció para todos sus seguidores: “porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?” (Lc 23,31).

Sabemos bien que el bosque necesita renovarse, que los árboles frutales necesitan ser podados... Los humanos han acompañado ese proceso evolutivo en las especies vegetales durante millones de años con bastante racionalidad. Incluso sin grandes conocimientos científicos, el sentido común les decía que había que cambiar los lugares de cultivo, dejar descansar la tierra, cambiar las semillas, injertar… Multitud de procedimientos, muchas veces elementales, pero que lograban el equilibrio natural necesario para que la flora del planeta evolucionara convenientemente.

Pero sabemos también que la avaricia ha llevado a la explotación irracional de los recursos madereros y otros y hoy peligra la vida del planeta, justo por el desequilibrio brutal generado. El calentamiento global, los cambios inesperados de clima, lluvias a destiempo y en lugares inapropiados, sequías prolongadas… todo producto de esa condena a la que se ha sometido al planeta en un juicio ilegal y subterráneo.  Una vez más, los poderosos han condenado al inocente que no puede defenderse: al planeta tierra que les dio generosamente la vida.

Y están condenando al Señor de la vida. Cristo, hoy sufre esa condena junto con la madre tierra. Recientemente tuvo que aceptar la sentencia en Copenhague. Las protestas de los suyos (muchos de ellos no creyentes) no lograron frenar la ambición, el egoísmo y el miedo de los poderosos. Y este viernes santo camina hacia el calvario para morir si nadie lo remedia.

¿Seremos capaces de frenar esa sentencia contra nuestro planeta y contra el autor de la Vida?  No bastan lloros y lamentos, se necesitan acciones eficaces: “No lloren por mi, lloren por ustedes y por sus hijos” (Lc 23,28), dijo el Señor Jesús.

SÁBADO SANTO

Cuando Jesús da el último grito en la cruz, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, los evangelios sinópticos recogen no solo el signo “religioso” de que el velo del templo se rasgó en dos, sino la protesta de la naturaleza entera: el sol se oscureció y las tinieblas cubrieron todo, la tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y salieron algunos muertos… La naturaleza entera sintió el golpe de muerte por la muerte de su hacedor. El será colocado en un sepulcro cerrado y bien cerrado para que todo quede así, según la decisión de quienes detentaban el poder.

Y sigue un largo silencio de muerte. ¿De muerte? Los que hemos vivido en lugares donde las cuatro estaciones están bien marcadas y con la mayoría de los árboles  de hoja perecedera podemos entender que es un silencio de letargo, un pesado sueño. Es el frío invierno que pareciera acabó con toda la vida… Pero llegará la primavera, las yemas de las ramas abultarán y reventarán, saldrán las hojas flores y frutos, los pájaros comenzarán a cantar y a enamorarse, construir sus nidos y la vida bullirá a borbotones de nuevo.

Pero tiene que pasar ese silencio purificador. “Al tercer día resucitará”, se pone a prueba nuestra esperanza. El sábado 27 acabamos de apagar todos los aparatos eléctricos y electrónicos celebrando “La hora del planeta”, a oscuras permitiendo que la tierra respire. Un derecho de ella y un deber nuestro. Y no hace falta ser catastrofistas ni milenaristas para considerar “señales de los tiempos” los terremotos de Haití, de Chile… La tierra se retuerce de dolor; en algo podemos mitigarlo y en mucho mitigar el dolor de sus hijos más desprotegidos.

Creemos, por tanto, que, tras los gritos de protesta por el maltrato al planeta que habitamos, el trabajo silencioso y callado de millones de seres cada vez más conscientes, logrará frenar la marcha destructiva de la creación y alumbrar un futuro venturoso para bien de las futuras generaciones. El silencio del sepulcro debe ser silencio de vida que se gesta.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Los horarios de celebración de “la madre de todas las vigilias”, la Vigilia Pascual, han variado en épocas y en lugares. En mi actual parroquia y en muchas de la diócesis de Lurín-Lima Sur lo celebramos al amanecer: empezamos de noche y avanzamos con los primeros rayos del día. El símbolo tiene su importancia: diríamos que es una resurrección lenta y progresiva, con el despertar de la naturaleza.

El silencio del sábado es roto con los aleluyas del domingo y la alegría desbordante y contagiosa refleja la nueva vida que para los cristianos nos consiguió el Crucificado que ahora es el Resucitado. Y si la encarnación no fue un juego ni un teatro sino algo profundamente serio y real como nos dicen las escrituras, tenemos derecho a creer y vivir que Cristo muere y resucita hoy como hace 2,000 años. Resucita, por tanto en todo aquello que es signo de vida. En las personas y en la creación entera.

Desde el Vaticano II para acá en nuestro continente se ha acentuado esta fe en la Resurrección concretada en todo lo que signifique liberación de las ataduras de la opresión, la esclavitud y la muerte y en todo lo que sean signos de vida, personal y comunitaria. En el “credo de la misa nicaragüense” (canto de expresión cultural-religiosa de un pueblo creyente)  se expresa bien esta concreción de la resurrección en la historia actual:
… “con tu sacrificio inmenso engendraste al hombre nuevo para la liberación. Vos estás resucitando en cada brazo que se alza para defender al pueblo del dominio explotador; porque estás vivo en el rancho, en la fábrica, en la escuela, creo en tu lucha sin tregua, creo en tu resurrección”.

La primera lectura de la Vigilia Pascual es el bello relato sacerdotal de la creación, donde Dios se goza creando despacio, día por día, toda la creación. Y en el pregón pascual se hace referencia al cirio pascual (símbolo de Cristo) hecho con la cera de las abejas, cirio que dará su luz hasta que llegue el lucero de la mañana (símbolo de Cristo Resucitado igualmente). Es la creación entera la que se regocija con la resurrección y los humanos nos sumamos a ese canto y ese perfume. Por algo en la tradición cristiana a esta pascua se la denomina pascua florida y se celebra siempre el domingo siguiente a la primera luna llena de la primavera boreal (del hemisferio norte).

Queremos, pues, que la Resurrección nos transforme a todos los creyentes pero llegue regalando vida a toda la creación. Los que creemos en el Resucitado nos sumamos, codo con codo, a todos los hombres y mujeres que luchan por devolver a la naturaleza ese ritmo vital que el Creador puso en ella, a luchar contra todos los virus de muerte que los humanos hemos colocado en ella, a devolver a los niños de hoy y de mañana el derecho a disfrutar de una vida sana y saludable en una naturaleza limpia de contaminación. Que la tierra pueda vivir una permanente pascua florida.

José Mª Rojo G.

 

 

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