Gracias, Señor, Gracias, Don Pepe, Gracias, Laura!

Gracias, Señor:
-por habernos forjado a Don Pepe, junto a quienes somos sus testigos.
-por esta rica herencia de más de 91 años que constituye Don José Dammert Bellido, el hombre de las alturas y los caminos difíciles, como le llamó Juan Pablo II en sus Bodas de Plata; por el precioso patrimonio de este extraordinario y auténtico pastor, que ya nadie le podrá arrebatar al Perú, a la Iglesia, a la América Latina y a la misma Europa, desde Dortmund, en donde le amaron con veneración.
- gracias, Señor, por este signo, por este fruto tuyo, que tanto espera a gritos nuestro tiempo y nuestra tierra. Porque hoy, que se nos pide ser discípulos misioneros, nos respondes diciendo, ahí tienen un modelo de laico y catedrático universitario, un ejemplo de sacerdote diocesano peruano, un paradigma de obispo auxiliar de Lima, un emblema de obispo y padre del mundo rural Cajamarquino, y hasta de un Presidente de la Conferencia Episcopal de un país en permanente incertidumbre y confusión.
-gracias, por esa luz episcopal, permanente. Percepción certera y directa del pastor bravo que cuida la vida de su rebaño y de sus sacerdotes.

Gracias, Don Pepe
-por tu fidelidad y tu probado amor a la Iglesia, como laico y catedrático en la Universidad Católica, como sacerdote diocesano y secretario de un episcopado peruano que desde hace 50 años se comprometió a hacer suyos los sufrimientos y legítimos anhelos de un país empobrecido y de excluidos que empezaba a asediar la ciudad de Lima.

-por el sello que le pusiste a tu entrega y servicio episcopal, desde tus trámites minuciosos para ubicar el

nacimiento de El Niño Jesús, la primera parroquia que fundó el arzobispado de Lima hace 50 años en el mundo de la barriada, en el mundo urbano marginal de Ciudad de Dios.
-gracias, por haber compartido en Cajamarca, con esa constelación de amigos y amigas, ese sello, esa actitud evangélica y profética de búsqueda pastoral desarrollada en Lima.
-gracias, por tu capacidad de combinar el amor a la Iglesia y al Perú con el aprecio real y profundo con sus más humildes miembros, por tu empeño en enseñarnos a ser pastores que eviten confundir el Evangelio con el paternalismo, con la dependencia y los falsos protagonismos.
-gracias, por ser la semilla que el Padre ha logrado sembrar para siempre en su Iglesia peruana, en nosotros que hemos podido tener la privilegiada sorpresa de atestiguarla, y por convertirnos en sus transmisores, responsables del deber de transmitir y hacer que florezca entre nuestros niños y jóvenes, entre nuestros laicos, sacerdotes y obispos que no le han conocido.

-gracias, Monseñor, porque a cuántas y a cuántos, nos ayudaste a descubrir que, dentro de la Iglesia es posible convertirse y es posible luchar para  transformar el país. Es posible soñar y vivir como auténticos peruanos al lado de los olvidados, construyendo comunidades cristianas maduras, solidarias y críticas, responsables de su testimonio y conscientes de su responsabilidad en el espacio público. Gracias Don Pepe, porque permaneciendo con nosotros, en la Iglesia siempre será posible tener

hambre y sed de justicia; siempre será necesario ser los pastores y profetas que nuestro pueblo echa de menos.
-gracias, por tu simplicidad que dejaba corta y hasta inútil la burocracia; por habernos enseñado a estar a la altura de la dignidad del campesino, de la mujer, del pobre en la iglesia y en la sociedad. Porque tu presencia continuará al amanecer, muy temprano de cada día, inspirando los caminos pastorales del tiempo que avecina, de sencillez y audacia, ternura e inteligencia, humanidad y reparo en la memoria y la vida digna de los que sufren.

Gracias, Laura, y en tu nombre a toda tu digna familia
-porque, con tus cuidados de mujer y hermana en los últimos años de nuestro Pastor, nos has ayudado a evidenciar la calidad pastoral y humana con que Don Pepe supo construir Iglesia y país entre nosotros.

 

Juan Alberto Osorio Torres

 

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