EL CONVENTO DEL CISTER ABRE LAS PUERTAS A SANTA TERESITA

 

Siete de la mañana en Lurín. La pista hacia la playa está llena de gente que camina deprisa en ambas direcciones y -no hay duda- en ropa de trabajo. Es hora de iniciar la jornada en la chacra, en la fábrica o en el taller. Pero un bloque más compacto gira hacia el convento de las madres cisterciences. ¿Una procesión a esa hora? Sí. Las reliquias de Santa Teresita de Jesús están llegando a tocar las puertas de otro convento de clausura en nuestro país.

Era la muestra gráfica más perfecta de la clásica “Regla de S. Benito” inspiradora de la vida en todos los monasterios de vida contemplativa: Ora et labora. Mientras los lurinenses se aprestaban a iniciar su faena diaria la santa de Lisieux nos recordaba que había en la iglesia hombres y mujeres –llamados monjes y monjas- que

combinabana la perfección la contemplación y la acción, la oración y el trabajo...

Las reliquias habían pasado la noche en el seminario diocesano, a pocas cuadras del convento, en el mismo Lurín. Tras el rezo de Vísperas, una larga vigilia de oración abierta a todo tipo de personas que quiso sumarse. Y en la mañana, como si de un simple peregrino se tratara, siguieron camino a visitar a sus

hermanas cistercienses, una pequeña comunidad de media docena de religiosas contemplativas. Ellas también viven orando y trabajando, preparando todo tipo de dulces y recuerdos para cubrir sus gastos. (Para quien escribe es un lugar de muy gratas vivencias ya que cada mes tenemos ahí los sacerdotes diocesanos nuestro retiro espiritual).
Simpática y bella por su sencillez la danza protagonizada por otro grupo de religiosas y chicas recibiendo las reliquias en el atrio del templo. Caras de alegría y gratitud en el nutrido grupo de personas que habíamos acudido: laicos y laicas, seminaristas, religiosas, sacerdotes… Todos entramos al templo a agradecer a Dios por la visita y por el ejemplo de la santa en la eucaristía. 

El rector del seminario, P. José Manuel Alonso Ampuero, -que presidía la celebración al lado del Vicario General, P. Amadeo Raymi-en la homilía recreó parte de la vida de la santa en torno al pasaje evangélico en el que se nos invita a hacernos como niños para entrar al Reino de los cielos. Esos niños que no necesitan llevar nada a su papá

o su mamá en su manos –dijo- sino tenerlas libres para dejarse agarrar y poder recibir las caricias del papá o la mamá; esos niños que gozan sabiéndose amados y que responden con amor espontáneo... Eso destacó en la vida de Santa Teresita: vivenciar el amor y la misericordia de Dios y tratar de poner en práctica ese mandato de su hijo: “Ámense”.

Las palabras del P. José Zarco, agradeciendo su vocación en buena parte a la lectura de la “Historia de un Alma” de Santa Teresita –lectura recomendada por su propia madre-pusieron su cuota testimonial.

La pequeña comunidad anfitriona, excelente en su invitación a la alabanza con el canto, se sentía feliz rompiendo su habitual recogimiento y silencio con motivo más que justificado. Y, con ellas, el resto de los presentes.  No vencí la tentación de observar los distintos rostros de gratitud y alegría: mujeres y hombres, jóvenes y mayores, de acá y de otras latitudes…

Y las reliquias de la santa en medio del pasillo frente al altar con sus pétalos de rosas encima…

Ya fuera del templo, con libertad para acercarse, mi cámara es testigo fiel de la emoción y devoción de muchas personas al tocar la urna con las reliquias, las mismas que permanecerán hasta la noche para seguir camino y visitar otras iglesias locales. Ojala nos quede a toda la iglesia de Lima Sur, no sólo el grato recuerdo de la visita, sino el vivo y siempre actual ejemplo de vivencia evangélica del mandamiento del amor.

 

José María Rojo

 

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